En busca de la felicidad perdida. El gran Meaulnes.

En cuanto a cómo afrontar la vida, en mi opinión existen dos tipos de personas: por un lado están los que quieren crecer a toda costa, dejar atrás el pasado y mirar solo hacia delante. Por otro, quienes llevan por bandera el lema “Cualquier pasado fue mejor”, a los que les ha calado el síndrome de Peter Pan hasta los huesos y todo lo que hacen está rodeado de una aureola de melancolía. Tengo que admitir, por si quien me conoce aún no lo sabía,  que soy del segundo grupo. Por eso supongo que me ha cautivado este libro como no lo había hecho otro. El Gran Meaulnes, es toda una oda a esa melancolía, a buscar lo que una vez tuvimos pero hemos perdido y no sabemos por dónde empezar para volver a encontrarlo.  Alain Fournier se convirtió con esta obra en uno de los autores más importantes de la literatura francesa, y eso que ésta fue su única novela ya que murió poco tiempo después de escribirla, con solo 27 años. La historia trata sobre un tema tan repetido como es la amistad entre adolescentes, las aventuras que les llevan a descubrir cosas maravillosas y cómo años más tarde al recordarlo uno se da cuenta de que no se puede volver nunca jamás a ese mundo, por mucho que se intente. Somos mayores, adultos y se acabó lo que molaba, punto y final. (Vaya asco)

El mundo de la infancia fue muy importante para el autor, lo cual quedó plasmado en su frase “Mi credo en el arte y en la literatura es la infancia”. Tan importante es este hecho para Fournier que incluso en la obra aparece un mundo gobernado por niños.  Los niños carecen de prejuicios, ven las cosas tal y como se les aparecen. Somos los adultos quienes, dándonoslas de listos, les llenamos la cabeza con nuestros prejuicios a unos seres inocentes que nos creen a pies juntillas porque, según el mundo, los adultos tenemos la razón, cuando más nos valdría escuchar a esos locos bajitos de vez en cuando. La obra está escrita como una novela de aventuras, como un cuento de caballeros, con princesa incluida, lo que consigue una mayor atracción.

Aunque ese sea el tema principal, también aparecen otros como la insatisfacción por la sociedad que le rodea, a la que considera  mezquina,  y que desemboca en la búsqueda de lo genuino. Captar momentos, instantes y gestos también es algo que aparece a lo largo de todo el texto y se ve muy bien en la forma de expresar el tiempo en el que se desarrolla la historia: años que pasan muy rápido y días que parecen eternos, lo cual da una dosis de realidad impresionante. Respecto al “registro de momentos” la influencia del arte impresionista en Fournier es muy clara (otra cosa que tenemos en común, yuju!). Una influencia más en la obra y otra lectura genial que recomiendo, es “La puerta del muro” de H. G. Wells (Sí, el que escribió la Guerra de los Mundos. No confundir con Orson Welles que lo leyó por la radio provocando el caos y la destrucción!!!). En este relato,  de forma fortuita un niño encuentra una puerta que traspasa y llega a un mundo en el que es completamente feliz, pero durante el resto de su vida cuando quiere volver, ya no la encuentra o cuando aparece no es el momento adecuado para atravesarla.

Ambos autores vivieron en un mundo convulso. A principios del siglo XX , los avances tecnológicos y sociales hicieron creer a las generaciones que llegaban que vivirían en un mundo mejor, sin guerras, con mejoras para la vida de la población, libertades sociales, etc. Nada más lejos de la realidad. Se toparon pronto con la primera Guerra Mundial en la que muchos tuvieron que luchar y morir, como le ocurrió a Fournier. De ahí, que la felicidad perdida sea un tema recurrente para muchos autores de la época, así como el “odio al padre”, metáfora de las generaciones anteriores que les han dejado sumidos en un mundo decadente. Salvando las enormes distancias, lo de morir en la guerra y eso, puede que nos sintamos un poco identificados con ellos.

Volviendo a El gran Meaulnes,  Fournier deja a lo largo de toda la obra apuntes autobiográficos, como la protagonista femenina, Yvonne de Galais,  que hace referencia a Yvonne Quiévrecourt, el gran amor de Fournier a pesar de haberla visto solo una vez en su vida y de quien no vuelve a saber hasta años más tarde cuando ya es una mujer casada y madre de dos hijos. También coincide la casa de su infancia con la descrita en la obra. Un edificio en plena campiña francesa al lado de la escuela en la que sus padres eran maestros. A ese toque de realidad le añade un ambiente mágico donde los bosques, los farolillos, los niños, los trajes exóticos, los banquetes y las mansiones abandonadas consiguen que quieras trasladarte a ese mundo para siempre. Tiene un no sé qué que qué sé yo que no me lo puedo quitar de la cabeza. La forma en la que está narrada, íntima y sencilla, contrasta con el gran trabajo que tiene detrás ya que tardó 7 años en completarla.

Fotograma de la película de 2006

Para los que piensan que “para qué perder el tiempo en leer si hay peli” y ya me iban a poner una excusa barata para no meterse de lleno en esa fantástica historia, decirles que sí, hay peli. De hecho hay dos. La primera de 1967 de Jean-Gabriel Albicocco (imposible de encontrar) y otra de 2006 con Jean-Baptiste Maunier (conocido por ser  protagonista de Los chicos del Coro) y Clémence Poésy (Fleur Delacour en la saga de películas de Harry Potter) como protagonistas.

Aunque la conclusión de Fournier sea en algún modo la resignación, yo me quedo con la otra parte, con la de seguir buscando lo que de verdad nos hace felices, aunque sea un poco al margen de los convencionalismos sociales que se nos presuponen al llegar a cierta edad. Recomiendo la lectura de este libro a todos los que, como yo, aún no quieren ser mayores en el amplio sentido de la palabra. Quienes queremos avanzar, pero no por ello ser aburridos. Quienes piensen que los niños, o al menos su espíritu, es lo que debería reinar en este mundo. Quienes aún nos quedan muchos sueños por cumplir.

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