Madrid, Madrid, Madrid

Londres, Tokio, París, Nueva York, Berlín, Buenos Aires, Amsterdam, Shanghai, Roma. Todas ellas, sin duda, ciudades espectaculares. Ciudades que hay que visitar al menos una vez en la vida. Ciudades por las que seguramente la mayoría de la gente daría un brazo por vivir en ellas. Yo no. Y lo digo casi con vergüenza. Me gusta demasiado Madrid. Creo que no soy más feliz con nada en el mundo que andando por las calles del centro, con esos edificios llenos de balconcitos con una barandilla de hierro forjado rodeándolos, las plazas con fuentes, niños jugando al fútbol y señores en los bancos, las tiendas con sus escaparates y letreros de madera que por muchos años que pasen siguen al pié del cañón, aunque sea rodeados de modernidad y luces de neón, olor a churros con chocolate al pasar por San Ginés, un atardecer en la barandilla desde la que se ven los jardines de Sabatini dejando el Palacio Real a la izquierda.

Irte de cañas y tapas, bocadillo de calamares en la Plaza Mayor, paseos por El Retiro, sandwich mixto en Animari, dar de comer a las palomas en la Plaza de Felipe II después de una comida familiar en el Museo del Jamón de Goya, tomar limonada en la berbena de La Paloma. Ir a Malasaña, perderme por sus calles y poder decir: “En esa casa de ahí nació mi padre y en esa iglesia le bautizaron, donde también se casaron mis abuelos, los padres de mi madre” , sin apenas salir de la plaza del Dos de Mayo.

Pasear por mi barrio saludando a la gente, entrar en el Moncayo y que sepan qué quieres sin necesidad de pedirlo, pasar por el parque Arriaga y que me dé un vuelco al corazón acordándome de aquel verano de 2003, mirar a los jardinillos del cementerio de La Almudena con cariño y verme merendando un bocadillo de quesito con tomate de mi abuela subida a un árbol. La verdad es que mi amor por esta ciudad tiene mucho de familiar. Casi todos los recuerdos con mis padres, mi hermana o mis abuelos están relacionados con algún rincón de Madrid. Sé que muchos de mis amigos están deseando salir de aquí en cuanto puedan, que para ellos la aureola mágica que yo le pongo a mi Madrid no existe, si no más bien ven una ciudad horrible rodeada de una capa de contaminación tanto atmosférica como acústica, llena de gente sin alma, caos y destrucción!! Como diría Sabina “Una ciudad invivible, pero insustituible”. Probablemente tengan razón, pero hay tanta felicidad unida a mis recuerdos en esta ciudad que me es imposible no verla como “mi sitio”.Porque de Madrid al cielo y porque me encanta el sonido de un buen acento ma- dri- le- ño, chulo chulo, como el que imita mi hermana.

Como Madrid es algo que de verdad me toca la fibra, habrá más en próximas entradas. ¡Estén atentos!

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